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El Titanic de la Publicidad Tradicional


La publicidad tradicional se sustenta en la capacidad de los canales emisores de aglutinar una audiencia en torno a un contenido que se presupone captará la atención de un público determinado. Por ejemplo, una cadena compra los derechos de emisión de Titanic porque puede prever que un clásico del cine puede atraer a un 25% de las personas que estén viendo la televisión en ese preciso momento (o al menos que eso digan los audímetros).

Una vez que la atención de toda esa gente está concentrada en dicho contenido, cuando los protagonistas están por declararse su amor, el pase de la película es interrumpido con mensajes publicitarios, para después reanudar el pase de la misma y repetir las interrupciones y los mensajes publicitarios tantas veces lo permita la duración del filme y la ley. Incluso se puede partir la película en dos como hiciera Telecinco en 2013 con Avatar y Titanic que emitió en dos partes dos días consecutivos, consiguiendo audiencias récord en ambas noches.

A las marcas les interesa entonces el que un canal emisor pueda garantizar el reunir una audiencia masiva a través de un contenido atractivo para entonces pagar un buen precio los espacios publicitarios que este pueda contener para impactar tan repetidamente como se pueda a los espectadores con sus mensajes.  

Esto es a grandes rasgos lo que define al paradigma broadcast: un canal que monopoliza la emisión, que de esta forma asegura la aglutinación de una audiencia que no tiene más opción que dejarse impactar por mensajes que no ha elegido ver.

Si bien los medios de comunicación y por ende el sector publicitario funcionan actualmente bajo  este sistema, hay diferentes factores que pueden hacer prever que aunque la película se alargue, el barco -tal y como lo conocemos- se terminará hundiendo.  

[Este post es un extracto del capítulo “Creación de contenidos integrados: storytelling, transmedia y branded content” del libro de Publicidad Digital publicado por Editorial ESIC

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